(El perro Orfeo, pensando sobre la muerte de su amo, don Augusto)
¡Pobre amo! Dentro de poco le enterrarán en un sitio que para eso tienen destinado. ¡Los hombres guardan o almacenan sus muertos, sin dejar que perros o cuervos los devoren! Y que quede lo único que todo animal, empezando por el hombre, deja en el mundo: unos huesos. ¡Almacenan sus muertos! ¡Un animal que habla, que se viste y que almacena sus muertos! ¡Pobre hombre!
¡Pobre amo mío!, ¡pobre amo mío! ¡Fue un hombre, sí, no fue más que un hombre, fue sólo un hombre! ¡Pero fue mi amo! ¡Y cuánto, sin él creerlo ni pensarlo, me debía...!, ¡cuánto! ¡Cuánto le enseñé con mis silencios, con mis lametones, mientras él me hablaba, me hablaba, me hablaba! "¿Me entenderás?", me decía. Y sí, yo le entendía, le entendía mientras él me hablaba hablándose y hablaba, hablaba, hablaba. Él al hablarme así hablándose hablaba al perro que había en él. Yo mantuve despierto su cinismo.
¡Perra vida la que ha llevado, muy perra! ¡Y grandísima perrería, o mejor, grandísima hombrada la que le han hecho esos dos! ¡Hombrada la que Mauricio le ha hecho; mujerada la que le ha hecho Eugenia! ¡Pobre amo mío!
Y ahora aquí, frío y blanco, inmóvil, vestido, sí, pero sin habla ni por fuera ni por dentro. Ya nada tienes que decir a tu Orfeo. Tampoco tiene ya nada que decirte Orfeo con su silencio.
¡Pobre amo mío! ¿Qué será ahora de él? ¿Dónde estará aquello que en él hablaba y soñaba? Tal vez allá arriba, en el mundo puro, en la alta meseta de la tierra, en la tierra pura toda ella de colores puros, como la vio Platón, al que los hombres llaman divino; en aquella sobrehaz terrestre de que caen las piedras preciosas, donde están los hombres puros y los purificados bebiendo aire y respirando éter. Allí están también los perros puros, los de san Humberto el cazador, el de santo Domingo de Guzmán con su antorcha en la boca, el de san Roque, de quien decía un predicador señalando a su imagen: ¡Allí le tenéis a san Roque, con su perrito y todo! Allí, en el mundo puro platónico, en el de las ideas encarnadas, está el perro puro, el perro de veras cínico. ¡Y allí está mi amo!
Siento que mi espíritu se purifica al contacto de esa muerte, de esta purificación de mi amo, y que aspira hacia la niebla en que él al fin se deshizo, a la niebla de que brotó y a que revertió. Orfeo siente venir la niebla tenebrosa... Y va hacia su amo saltando y agitando el rabo. ¡Amo mío! ¡Amo mío! ¡Pobre hombre!»
Domingo y Liduvina recogieron luego al pobre perro muerto a los pies de su amo, depurado como este y como él envuelto en la nube tenebrosa. Y el pobre Domingo, al ver aquello, se enterneció y lloró, no se sabe bien si por la muerte de su amo o por la del perro, aunque lo más creíble es que lloró al ver aquel maravilloso ejemplo de lealtad y fidelidad. Y dijo:
¡Y luego dirán que no matan las penas!
Niebla Don Miguel de Unamuno.
martes, 22 de abril de 2008
domingo, 6 de abril de 2008
Novela aun sin titular (fragmento)
-Un discurso precioso, sin duda. Pero sabes que todos moriremos allí.
-Lo sé. Es lo justo. Cinco años de guerra en el extranjero, matando al enemigo para defender nuestra patria y ahora regresamos a ella para morir en sus manos.
-No deja de ser irónico.
-La muerte siempre es irónica. Es el final para un hombre con ansias de eternidad.
-La eternidad es solo para los dioses. Los mortales nacemos predestinados a la muerte.
-Eso no lo hace más fácil.
-¡Vaya! ¿Quién lo iba a decir? El gran héroe, el que nunca temió a la muerte se encoje ante ella en el último momento. No eras tú el que nunca le tuvo miedo.
-Aunque no lo creas, siempre la temí. Como no temerla. Siempre acechando, como un fantasma. El único enemigo, contra el que luchamos desde que nacemos. Y ahora que se que está cerca, te parecerá una estupidez, pero me siento más vivo que nunca, todo me parece más real, el sol, las nubes, las olas rompiendo contra el barco, las gaviotas, el aliento de los hombres bajo mi mando, rezándole a los dioses por sobrevivir cuando en el fondo, y a pesar de mis palabras, saben que no saldrán vivos de esta batalla.
-Es el precio que pagamos por ser soldados. Una muerte joven y con honor.
-No hay honor en la muerte, solo hay muerte en la muerte. Le llega igual al soldado que al herrero, al joven que al viejo, y cuando llega ya nada importa, porque cuando hay muerte no hay vida y toda vida es para la muerte. Toda vida, por ello es absurda, destinada a olvidarse a sí misma. Un fugaz momento de existencia en la inmensidad de la nada.
-Daremos la vida por una buena causa. ¡Qué mejor causa que defender tu patria! Para que los hombres que quedan en la ciudad puedan levantar las defensas mientras se retrasa el enemigo.
-Daremos la vida por prolongar otras vidas, vidas que al igual que la nuestra también llegaran a su fin. ¡Qué real me parece todo ahora! ¡Qué real y que absurdo! Somos figurillas de madera en el juego de los dioses, impíos todos ellos. Sin compasión por los hombres, que les entregan sus vidas sin cuestionarse. Es, en fin, la tragedia de los mortales, y sin embargo, ¿No cambiarían los dioses su eternidad por un solo instante tan vivo como este? ¿No darían su eternidad por ser tan conscientes de su existencia como lo somos nosotros dos ahora? Los dioses no existen, no pueden existir porque no pueden dejar de hacerlo. Simplemente están. Siempre estuvieron ahí y siempre estarán. Sentados en sus tronos de éter condenados a no existir jamás.
-Es dura tu afirmación.
-Pero totalmente cierta. Jamás podrán saber lo que significa vivir porque no están vivos, ni están muertos. Nosotros, que sabemos que estamos muertos, que nacemos muertos, arañamos nuestros últimos instantes porque estamos vivos. Y mañana poco importará, pues ya no estaremos, ya no existiremos, pero ahora eso no importa. Solo me importan las gaviotas.
-Lo sé. Es lo justo. Cinco años de guerra en el extranjero, matando al enemigo para defender nuestra patria y ahora regresamos a ella para morir en sus manos.
-No deja de ser irónico.
-La muerte siempre es irónica. Es el final para un hombre con ansias de eternidad.
-La eternidad es solo para los dioses. Los mortales nacemos predestinados a la muerte.
-Eso no lo hace más fácil.
-¡Vaya! ¿Quién lo iba a decir? El gran héroe, el que nunca temió a la muerte se encoje ante ella en el último momento. No eras tú el que nunca le tuvo miedo.
-Aunque no lo creas, siempre la temí. Como no temerla. Siempre acechando, como un fantasma. El único enemigo, contra el que luchamos desde que nacemos. Y ahora que se que está cerca, te parecerá una estupidez, pero me siento más vivo que nunca, todo me parece más real, el sol, las nubes, las olas rompiendo contra el barco, las gaviotas, el aliento de los hombres bajo mi mando, rezándole a los dioses por sobrevivir cuando en el fondo, y a pesar de mis palabras, saben que no saldrán vivos de esta batalla.
-Es el precio que pagamos por ser soldados. Una muerte joven y con honor.
-No hay honor en la muerte, solo hay muerte en la muerte. Le llega igual al soldado que al herrero, al joven que al viejo, y cuando llega ya nada importa, porque cuando hay muerte no hay vida y toda vida es para la muerte. Toda vida, por ello es absurda, destinada a olvidarse a sí misma. Un fugaz momento de existencia en la inmensidad de la nada.
-Daremos la vida por una buena causa. ¡Qué mejor causa que defender tu patria! Para que los hombres que quedan en la ciudad puedan levantar las defensas mientras se retrasa el enemigo.
-Daremos la vida por prolongar otras vidas, vidas que al igual que la nuestra también llegaran a su fin. ¡Qué real me parece todo ahora! ¡Qué real y que absurdo! Somos figurillas de madera en el juego de los dioses, impíos todos ellos. Sin compasión por los hombres, que les entregan sus vidas sin cuestionarse. Es, en fin, la tragedia de los mortales, y sin embargo, ¿No cambiarían los dioses su eternidad por un solo instante tan vivo como este? ¿No darían su eternidad por ser tan conscientes de su existencia como lo somos nosotros dos ahora? Los dioses no existen, no pueden existir porque no pueden dejar de hacerlo. Simplemente están. Siempre estuvieron ahí y siempre estarán. Sentados en sus tronos de éter condenados a no existir jamás.
-Es dura tu afirmación.
-Pero totalmente cierta. Jamás podrán saber lo que significa vivir porque no están vivos, ni están muertos. Nosotros, que sabemos que estamos muertos, que nacemos muertos, arañamos nuestros últimos instantes porque estamos vivos. Y mañana poco importará, pues ya no estaremos, ya no existiremos, pero ahora eso no importa. Solo me importan las gaviotas.
miércoles, 21 de noviembre de 2007
Los mitos
En toda cultura existen una serie de mitos que consiguen una espectacular cohesion dentro de esa sociedad. Una exhaltacion de los valores que se hacen presentes, mediante ellos en la sociedad, su forma de ver el mundo. Una forma de dar una identidad a un pueblo, mediante heroes y grandes azañas. En la mayoria de los mitos, el pueblo es personificado por un heroe, un rey, un dios... que lucha, como hace el pueblo, contra los enemigos del mismo.
Dentro de la mitologia, siento una terrible fascinacion hacia la mitologia griega, que no es, sino un conjunto de historias que relatan la tragedia de la vida. Todo heroe termina cayendo en tragedia. Cuanto mas grande haya sido, mayor es su tragedia.
Recordemos la castracion de Urano o el infeliz final de chronos, quien devoraba a sus hijos. La tragedia de Aquiles en la guerra de Troya, Sísifo y su castigo, Orfeo intentando sacar a su amada del Hades, Jason y la traicion de Medea, Teseo y su lanzamiento de disco, Belerofonte y su caida...
Siendo mortal, uno se siente a merced del capricho de los dioses. Fuerzas inescrutables que mueven el mundo con una logica (si es que la hay) que no podemos comprender, nos dan la gloria sin merecerla y nos castigan por ello con un castigo desmesuradamente desproporcionado. Y no es para menos. Los dioses se mueven, arrasandolo todo a su paso.
Y en el fondo, la vida real se asemeja a la vida de los heroes en los mitos. Fuerzas incontrolables rigen nuestros destinos. Unos destinos que han de ser tragicos, al fin y al cabo, ¿Que hay mas tragico que la muerte a la que todos estamos destinados?. Y hasta que no alcancemos nuestro tragico y final destino, estamos destinados a luchar contra el sometimiento de esas inmensas fuerzas que son el caos y el azar, valiendose ambos de la ley de la causalidad para hacer caer sobre nosotros todo tipo de desgracias, todo tipo de males. Dandonos la gloria y arrastrandonos a la tragedia con igual capricho que los dioses griegos y con la misma logica irrefutable e incomprendible.
Y es que la vida no es otra cosa que una gran tragedia, luchar para seguir viviendo y vivir para seguir luchando. La gran paradoja de la vida. El ansia de inmortalidad y el aplastante sabernos mortales. La angustia, la congoja en la garganta cuando, en un instante de lucidez, se nos presenta la muerte ante los ojos y nos paramos a pensar, en vez de distraernos con los vanales problemas de nuestras "vidas" si es que se les puede llamar asi. Cuando reconocemos en la muerte ajena la nuestra propia y se nos cae el alma a los pies. "No somos nadie" suelen decir algunos. ¡No somos nadie! No somos nada, mas bien. Sin embargo, no podemos dejar de luchar, no podemos dejar de desar seguir viviendo, seguir luchando. Igual que Sisifo no podemos dejar de empujar nuestra roca cuesta arriba, deseando llegar a la cima de la montaña.
Nos pasamos la vida queriendo ser algo, deseando cosas y cuando las tenemos, olvidamos y pasamos al siguiente deseo. Nos pasamos la vida distraidos en nuestras glorias y nuestras tragedias, en nuestros deseos y nuestras maneras de conseguirlos. Alejandonos de la consciencia de la muerte, evitando pensar en ella, evitando el sufrimiento que nos causa. Y es, quizas, ese sufrimiento, esa consciencia de la muerte, la que mas vivos nos hace sentir. Me siento vivo porque se que voy a morir y el Tabu se disuelve y la muerte da sentido a la vida, convirtiendola en vida y no en el lento paso de los segundos, cosa que paradojicamente, sucede a una velocidad de vertigo. Ayer, hoy, mañana, se funden en el tiempo, pero la muerte siempre permanece.
La tragedia, la muerte. La gloria, la vida. Se funden irremediablemente en paradoja. No hay heroe sin gloria ni gloria sin final tragico. Eso nos enseñan los mitos griegos. No hay hombre sin vida y no hay vida que no termine con la muerte. Lo cuan los lleva irremediablemente a formularnos una pregunta. Si hemos olvidado la muerte, si la dejamos apartada en un rincon, si evitamos aquello que hace que la vida sea vida ¿Acaso no vivimos muertos? Si es la muerte la que da sentido a la vida y nos hemos desecho de ella ¿Que sentido tiene nuestra vida?
Aquel que se engaña apartando a la muerte de su vida no estara muerto, al menos por algun tiempo, pero tampoco podra sentirse vivo. Ni muerto ni vivo. Eso es en lo que nos hemos convertido al olvidar los mitos.
Dentro de la mitologia, siento una terrible fascinacion hacia la mitologia griega, que no es, sino un conjunto de historias que relatan la tragedia de la vida. Todo heroe termina cayendo en tragedia. Cuanto mas grande haya sido, mayor es su tragedia.
Recordemos la castracion de Urano o el infeliz final de chronos, quien devoraba a sus hijos. La tragedia de Aquiles en la guerra de Troya, Sísifo y su castigo, Orfeo intentando sacar a su amada del Hades, Jason y la traicion de Medea, Teseo y su lanzamiento de disco, Belerofonte y su caida...
Siendo mortal, uno se siente a merced del capricho de los dioses. Fuerzas inescrutables que mueven el mundo con una logica (si es que la hay) que no podemos comprender, nos dan la gloria sin merecerla y nos castigan por ello con un castigo desmesuradamente desproporcionado. Y no es para menos. Los dioses se mueven, arrasandolo todo a su paso.
Y en el fondo, la vida real se asemeja a la vida de los heroes en los mitos. Fuerzas incontrolables rigen nuestros destinos. Unos destinos que han de ser tragicos, al fin y al cabo, ¿Que hay mas tragico que la muerte a la que todos estamos destinados?. Y hasta que no alcancemos nuestro tragico y final destino, estamos destinados a luchar contra el sometimiento de esas inmensas fuerzas que son el caos y el azar, valiendose ambos de la ley de la causalidad para hacer caer sobre nosotros todo tipo de desgracias, todo tipo de males. Dandonos la gloria y arrastrandonos a la tragedia con igual capricho que los dioses griegos y con la misma logica irrefutable e incomprendible.
Y es que la vida no es otra cosa que una gran tragedia, luchar para seguir viviendo y vivir para seguir luchando. La gran paradoja de la vida. El ansia de inmortalidad y el aplastante sabernos mortales. La angustia, la congoja en la garganta cuando, en un instante de lucidez, se nos presenta la muerte ante los ojos y nos paramos a pensar, en vez de distraernos con los vanales problemas de nuestras "vidas" si es que se les puede llamar asi. Cuando reconocemos en la muerte ajena la nuestra propia y se nos cae el alma a los pies. "No somos nadie" suelen decir algunos. ¡No somos nadie! No somos nada, mas bien. Sin embargo, no podemos dejar de luchar, no podemos dejar de desar seguir viviendo, seguir luchando. Igual que Sisifo no podemos dejar de empujar nuestra roca cuesta arriba, deseando llegar a la cima de la montaña.
Nos pasamos la vida queriendo ser algo, deseando cosas y cuando las tenemos, olvidamos y pasamos al siguiente deseo. Nos pasamos la vida distraidos en nuestras glorias y nuestras tragedias, en nuestros deseos y nuestras maneras de conseguirlos. Alejandonos de la consciencia de la muerte, evitando pensar en ella, evitando el sufrimiento que nos causa. Y es, quizas, ese sufrimiento, esa consciencia de la muerte, la que mas vivos nos hace sentir. Me siento vivo porque se que voy a morir y el Tabu se disuelve y la muerte da sentido a la vida, convirtiendola en vida y no en el lento paso de los segundos, cosa que paradojicamente, sucede a una velocidad de vertigo. Ayer, hoy, mañana, se funden en el tiempo, pero la muerte siempre permanece.
La tragedia, la muerte. La gloria, la vida. Se funden irremediablemente en paradoja. No hay heroe sin gloria ni gloria sin final tragico. Eso nos enseñan los mitos griegos. No hay hombre sin vida y no hay vida que no termine con la muerte. Lo cuan los lleva irremediablemente a formularnos una pregunta. Si hemos olvidado la muerte, si la dejamos apartada en un rincon, si evitamos aquello que hace que la vida sea vida ¿Acaso no vivimos muertos? Si es la muerte la que da sentido a la vida y nos hemos desecho de ella ¿Que sentido tiene nuestra vida?
Aquel que se engaña apartando a la muerte de su vida no estara muerto, al menos por algun tiempo, pero tampoco podra sentirse vivo. Ni muerto ni vivo. Eso es en lo que nos hemos convertido al olvidar los mitos.
lunes, 19 de noviembre de 2007
Sísifo
"Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
...
Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.
Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia.
¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? "
El mito de Sisifo. Albert Camus
...
Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.
Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia.
¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? "
El mito de Sisifo. Albert Camus
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